Al habla Isabel, más conocida en redes sociales como Una madre molona. Desde hace 5 años escribo un blog donde comparto mis trucos para ser una madre molona o, por lo menos, intentarlo. Soy madre de 3 niños: niñamolona, niñomolón y minimolona. Si algo he aprendido en esta aventura maternal es que no todo se puede planificar.

El terreno de la lactancia es bastante delicado y complejo. Desde el embarazo nos insisten en la importancia de dar lactancia materna a nuestros bebés. Y es que, nuestra leche es, sin duda, el mejor alimento que podemos darles. Para ser sincera yo, ya desde antes de ser madre, me lo pinté negro, muy negro. Solo el hecho de visualizarme con un bebé succionando de mi pecho ya me daba escalofríos. Pensé que no sería capaz, que no lo iba a conseguir pero, al menos, que lo iba a intentar.

Cuando llegó mi primera hija todo fue a pedir de boca. ¡No me lo podía creer! Un agarre perfecto, sin apenas dolor, la niña se alimentaba perfectamente y a mí me pareció que la lactancia materna era lo más. De hecho, escribí varias entradas en mi blog compartiendo mi experiencia y recomendando, sin duda, que las madres intentaran alimentar a sus bebés con lactancia exclusiva. Además descubrí que no solo era un gran alimento, sino que tenía un sinfín de ventajas más: por la noche me permitía descansar ya que dejaba barra libre a mi bebé mientras dormía a mi lado; era bastante económico; y, para rematar, era muy cómodo porque allá donde fuera llevaba siempre la comida lista, a la temperatura exacta y sin necesidad de ir con mil bártulos encima.

Embarazada de mi segundo retoño me visualizaba dando el pecho y disfrutando a tope de la experiencia. Es más, me planteé incluso alargar más los meses de lactancia porque con la primera decidí dejarlo cuando me incorporé a trabajar, entorno a los 6 meses. Todo era muy maravilloso en mi cabeza. Nada podía salir mal porque yo contaba con una experiencia previa de éxito.

Niñomolón llegó justo un día antes de mi 31 cumpleaños. Fue el mejor regalo del mundo. De nuevo el enganche fue inmediato y perfecto. Me sentía genial y, aunque afrontar eso de ser madre de dos daba bastante vértigo, la cosa fue viento en popa a toda vela. Eso sí, nació bajito de peso pero yo no me agobié lo más mínimo.

A mi alrededor empezaron los temidos comentarios: “ese niño está muy delgado”; “¿estás segura de que come bien?”; “¿ha ganado peso?”; “ese niño está muy delgado, ¿por qué no le das un biberón?”; “tu leche no alimenta”. Me sentía atacada, era yo contra el resto del mundo. Acudía a mis revisiones pediátricas y todo parecía ir bien. El niño seguía en un percentil bajo pero me parecía que era normal, había nacido bajo de peso y no iba a pasar de 0 a 100 en dos días. Por ello intentaba tenerle al pecho todo el tiempo posible. Sabía que cuanto más succionada, más leche iba a producir. La teoría la tenía aprendida al dedillo.

Un día acudí a ponerle una vacuna. Tenía 2 meses y nada más llegar la enfermera miró a mi hijo y se asustó. Llamó a la doctora y vinieron a revisarle. Con mucho tacto me dijeron que el niño no tenía buen color y que tampoco les gustaba el brillo de sus ojos. Entonces escuché la terrible sentencia:

- “Está al borde de la deshidratación”.

Mi corazón se partió en mil pedazos. Parecerá una tremenda chorrada pero para mí fue como recibir una bofetada con la mano abierta.

Mientras hacían las comprobaciones oportunas revisando su historial, a mí se me caían unos lagrimones tremendos. No quería, pero sentía una pena por dentro difícil de expresar. En mi cabeza retumbaban los comentarios de toda la gente que me había dicho que algo no iba bien y que no había querido escuchar. Culpabilidad y fracaso, así es como te sientes aunque no quieras.

Ya no había vuelta a atrás, el miedo se apoderó de mí y al día siguiente mi marido puso encima de la mesa un biberón con leche de fórmula. Fue un biberón muy amargo para mí. Es difícil de entender si no has pasado por una experiencia similar. Había tratado de sacarme leche con los mejores aparatos pero nada, aquello no marchaba, cuatro gotas en media hora de reloj, aún poniéndome al niño en el otro pecho para estimular la producción de leche.

Así empezó mi lactancia mixta, de forma agridulce. Sin embargo, en pocos días decidí desterrar la culpa y tirarla por la ventana. Tenía dos hijos increíbles y sanos, ¿de verdad me iba a dejar arrastrar por la pena en lugar de disfrutar de ellos?, ¿era tan importante continuar con la lactancia exclusiva? Desde luego yo en seguida lo tuve claro. Es cierto que el pequeño “duelo” hay que pasarlo pero no podemos, ni debemos hundirnos en la miseria. No merece la pena, creedme.

Nuestra lactancia mixta no duró demasiado. Mi pobre Alonsete había pasado más hambre que mis abuelos en la posguerra y en cuanto conoció el biberón fue perdiendo interés por el pecho. Y, ¿a quién quiero engañar?, yo misma fui mejorando tanto mi estado anímico que tampoco insistí mucho más.

En mi tercera maternidad lo tuve claro. No iba con demasiadas expectativas. Aunque, aparentemente todo iba bien, se volvió a repetir el mismo patrón. Mi niña dejó de coger peso. Acudí a varias expertas para que me echarán un cable y poner solución pero, tras hablar largo y tendido con una de ellas, descubrí que en mi foro interno lo que deseaba era empezar la lactancia mixta. En este caso lo que me empujó definitivamente fue sentir, por primera vez, tristeza posparto. No sabría explicar lo que me pasaba, sencillamente me sentía triste y hundida. Cada vez que pesaban a mi bebé cerraba los ojos y esperaba a que me dijeran que había ganado peso. Pero no, rara era la semana en la que ganaba algo y muchas en las que me decían que incluso había bajado. El cóctel de hormonas, el tener otros dos niños que atender, sumado a la tristeza posparto que duró semanas, fueron razones de sobra para dar el paso al biberón de nuevo.

Tengo que decir que no todas las lactancias mixtas acaban como las mías. Cada circunstancia, caso, madre y bebé son distintos. Pero lo que sí tengo muy claro es que la salud emocional es vital para poder disfrutar de los primeros meses con nuestro bebé. Cuando damos a luz empieza un periodo de adaptación que no siempre es fácil. Así que puedo decir que para mí el biberón fue esa pieza clave que me ayudó a superar el bache. Alimentaba a mi bebé y, sin darme cuenta, también mi salud mental. Me hubiera encantado tener lactancias exclusivas prolongadas pero, en mi caso, no ha podido ser. Todavía hoy tengo que escuchar alguna perla del estilo “tiraste la toalla” o “no estabas bien asesorada”. Pero por un oído me entra y por el otro me sale. Sé lo que es disfrutar de una lactancia exclusiva y sé lo que se siente al fracasar en mis otras dos maternidades. Cuando he necesitado ayuda la he pedido pero he llegado hasta donde he podido llegar. Y punto.

Si estás en mi situación sigue tu instinto. Pide ayuda si la necesitas, acude a grupos de lactancia y si, por la razón que sea decides optar por la lactancia mixta, hazlo sin culpas y sin penas. Lo estás haciendo genial y que nadie te haga creer que el vínculo y el amor dependen del pecho o del biberón.

Por último, si das lactancia materna exclusiva y te defines como “prolactancia”, me parece una bonita labor pero intenta acompañar, escuchar y, sobre todo, empatizar. Las madres deberíamos de estar siempre unidas y ayudarnos unas a otras, sin juzgar, sin señalar y sin hacer daño.

Sea como sea, cólmale de lo que de verdad necesita: de amor y de alimento, ya sea con pecho o con biberón.

Isabel Cuesta

Autora del blog "Una madre molona"

Aviso importante: La leche materna es el mejor alimento para el lactante.